El 99.9% de los artículos sobre juice jacking son puro cuento — aquí están las pruebas
Va, imagina esto.
Estoy sentado en una sala VIP del aeropuerto que huele a limpiador de alfombras y sueños rotos, pidiendo una bebida que técnicamente es una cerveza, pero cuesta como pago de hipoteca. Todavía no doy el primer trago cuando escucho al tipo dos asientos más allá, inclinándose como si fuera a revelar información clasificada.
“No conectes tu teléfono ahí”, susurra. “Te roban los datos”.
Casi escupo la bebida.
Todo este pánico por cargar el celular por USB en aeropuertos ya tiene nivel de leyenda urbana. Está al mismo nivel que las navajas en los dulces de Halloween y la idea de que las aerolíneas ganan dinero con las maletas en vez de con tu alma. Y sí, ahora los avisos están por todos lados — “Evita puertos USB públicos”, “Usa tu propio cargador”, “El juice jacking es real”. Suena aterrador. Suena oficial. Suena… en su mayoría falso.
Aquí va el punto clave. El noventa y nueve por ciento del tiempo, conectar tu teléfono a un puerto USB del aeropuerto es casi tan peligroso como usar su Wi-Fi para revisar el clima. Esas estaciones de carga no están ahí corriendo algún sistema operativo malvado de hackers esperando chuparse tus fotos a la nube. La mayoría son solo energía. Sin datos. Sin handshake. Sin trucos raros. Las líneas de datos — los famosos cables D+ y D- — están cortadas, en corto o simplemente nunca conectadas. Existen únicamente para meter electrones a tu batería, y nada más.
Sin líneas de datos no hay transferencia de datos. Punto. No puedes robar lo que eléctricamente no existe. Eso no es una opinión, es física.
Ahora bien, ¿podría existir teóricamente en algún lugar del planeta una estación de carga pirata que exponga datos USB completos e intente algo ingenioso? Claro. También existen, en teoría, tiburones en albercas. No significa que entres en pánico cada vez que te avientas un clavado. Los teléfonos modernos no son tontos. Si algo raro pasa — si un puerto se presenta realmente como una computadora — tu teléfono te va a preguntar de inmediato, y sin sutilezas: “¿Confiar en esta computadora?” Esa es tu alerta roja. Es el cadenero tocándote el hombro y diciendo: “Oye, ¿seguro de esto?”
Si no presionas “Sí”, no pasa nada. Fin de la historia.
El verdadero villano de toda esta novela no es el puerto USB en la pared del aeropuerto. Es el cable USB misterioso. El cable gratis.



